Cuando escuché las declaraciones del diputado Kunstmann señalando que "trabaja hasta el miércoles" para luego referirse a sus vacaciones en el Caribe, no pude evitar preguntarme si estamos frente a un verdadero servidor público o a alguien que ha perdido completamente la conexión con la realidad que viven millones de chilenos.
Comentarios como estos ayudan a explicar por qué el Congreso Nacional es una de las instituciones peor evaluadas por la ciudadanía. No se trata solo de una frase desafortunada. Se trata de la señal que se transmite a un país donde miles de familias luchan cada mes para llegar a fin de mes, donde el costo de la vida sigue golpeando los bolsillos de los trabajadores y donde muchos chilenos sienten que la clase política vive en una realidad paralela.
Como militante republicano, no puedo ocultar mi molestia, mi pena y mi indignación. Mientras muchas personas hacen esfuerzos enormes para sostener a sus familias, mientras emprendedores y trabajadores enfrentan incertidumbres económicas, un parlamentario parece utilizar la semana distrital para hablar de vacaciones en el Caribe.
Algunos dirán que pidió disculpas. Otros recordarán que posteriormente se retractó de sus palabras. Sin embargo, las disculpas no siempre bastan cuando lo que queda al descubierto es una forma de entender el servicio público. La confianza ciudadana no se recupera con comunicados, sino con conductas coherentes.
Resulta especialmente contradictorio cuando el propio gobierno y distintas autoridades han insistido en la necesidad de austeridad y responsabilidad en el gasto. Mientras se pide comprensión ante las restricciones presupuestarias y se repite que los recursos son escasos, escuchar a un representante público hablar con liviandad sobre vacaciones genera una sensación de desconexión difícil de ignorar.
La política necesita recuperar credibilidad. Y para lograrlo, quienes ejercen cargos de representación deben entender que cada palabra cuenta. Los ciudadanos esperan compromiso, trabajo y empatía con los problemas reales de las personas, no señales de privilegio ni comentarios que parecen burlarse de las dificultades que enfrentan miles de familias.
Los partidos políticos también tienen una responsabilidad. Cuando un representante daña la confianza de los ciudadanos y compromete la imagen de la colectividad que representa, corresponde evaluar si su conducta es compatible con los principios y valores que dice defender.
Chile necesita servidores públicos que comprendan el sacrificio cotidiano de sus ciudadanos. La política no puede transformarse en un espacio de privilegios. Debe volver a ser una herramienta de servicio. Y cuando eso se olvida, la ciudadanía tiene todo el derecho a manifestar su decepción.