En las últimas semanas hemos escuchado a dirigentes de izquierda levantar nuevamente las banderas de los derechos sociales y advertir sobre supuestos recortes que vendrían de la nueva administración. Sin embargo, cuando se revisa su propio paso por el gobierno, aparece una contradicción que no puede ser ignorada.
Hoy, el Presidente y sus ministros han reiterado públicamente que no habrá retrocesos en los derechos sociales fundamentales. Aun así, desde la oposición se insiste en instalar el miedo como herramienta política, como si los chilenos hubieran olvidado lo ocurrido durante los últimos años.
Resulta llamativo escuchar lecciones de sensibilidad social de quienes guardaron silencio frente a decisiones que afectaron programas y beneficios destinados precisamente a los sectores más vulnerables. La misma izquierda que hoy se presenta como defensora de los más pobres tuvo la responsabilidad de gobernar y responder por sus propias decisiones.
La ciudadanía también recuerda las controversias relacionadas con el uso de recursos públicos, las transferencias de fondos estatales, el aumento del gasto fiscal y una economía que durante años mostró señales preocupantes de estancamiento. Mientras el país veía crecer las listas de espera, la inseguridad y la incertidumbre económica, gran parte de la energía política del gobierno anterior parecía concentrarse en las disputas ideológicas.
Lo más sorprendente es que ahora muchos de esos mismos actores insisten en que "no hay que mirar el pasado". Es una frase conveniente para quienes prefieren evitar la rendición de cuentas. Porque la democracia exige memoria. Exige evaluar a los gobiernos por sus resultados y no por sus discursos.
Mirar el pasado no significa vivir anclados en él. Significa aprender de los errores para no repetirlos. Significa exigir responsabilidades cuando corresponde. Y significa reconocer que los derechos sociales no se defienden únicamente con consignas, sino con una administración eficiente, con crecimiento económico y con políticas públicas que realmente lleguen a quienes más lo necesitan.
Chile necesita una oposición seria, capaz de fiscalizar y proponer. No una oposición que utilice el miedo como estrategia permanente ni que pretenda reescribir la historia cada vez que los hechos resultan incómodos.
Los chilenos merecen un debate honesto. Uno donde los resultados importen más que los relatos y donde la memoria no sea selectiva según quién ocupe el poder