Tras escuchar las reacciones de la izquierda chilena a la reciente Cuenta Pública, resulta difícil no percibir una profunda contradicción. Los mismos sectores que hoy cuestionan cada anuncio, cada diagnóstico y cada propuesta del Gobierno parecen olvidar el legado que dejaron tras años de administración y, especialmente, las numerosas promesas que realizaron cuando ocuparon La Moneda.
Durante el gobierno de Gabriel Boric, los chilenos escucharon reiteradamente compromisos sobre seguridad, crecimiento económico, reducción de listas de espera, mejoras en vivienda, control de la migración irregular y una nueva forma de hacer política. Sin embargo, al término de su mandato, muchas de esas expectativas quedaron lejos de cumplirse en la magnitud prometida. La delincuencia siguió siendo una de las principales preocupaciones ciudadanas, la economía enfrentó períodos de estancamiento y la confianza en las instituciones continuó deteriorándose.
Lo llamativo es que quienes tuvieron la responsabilidad de gobernar parecen hoy actuar como si no existiera memoria política. Critican diagnósticos que antes negaron, exigen soluciones inmediatas a problemas que se incubaron durante años y demandan resultados que ellos mismos no fueron capaces de entregar cuando tuvieron la oportunidad.
La Cuenta Pública reciente tuvo el mérito de reconocer los desafíos del país sin intentar ocultarlos detrás de consignas o discursos grandilocuentes. Se habló de seguridad, de crecimiento económico, de empleo y de recuperar el orden en materias tan sensibles como la migración y el combate al crimen organizado. Son precisamente esos temas los que preocupan a millones de chilenos y los que muchas veces fueron relativizados por sectores de izquierda cuando estaban en el poder.
La democracia necesita oposición, pero una oposición responsable. Lo que Chile no necesita es una oposición dedicada exclusivamente a obstruir, desacreditar y bloquear iniciativas por conveniencia política. Cuando la crítica se convierte en una negativa permanente a colaborar, deja de ser una contribución al debate democrático y pasa a transformarse en un obstáculo para el desarrollo del país.
La izquierda chilena enfrenta hoy un desafío que parece no querer asumir: realizar una autocrítica sincera sobre su paso por el gobierno. Sin ese ejercicio, cada crítica que formule carecerá de credibilidad ante una ciudadanía que recuerda perfectamente las promesas realizadas y los resultados obtenidos.
Los chilenos esperan soluciones, no excusas. Esperan propuestas, no consignas. Y esperan que quienes aspiran a gobernar nuevamente sean capaces de reconocer sus errores antes de señalar los de los demás.